Domingo
17/12/2017

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El proyecto ancestral de San Pedro con sello indígena
La firma del grupo Luksic se fue al sur del país en busca de una localidad mapuche, para unirse con la comunidad local y apoyarla en producir un pinot noir de alta gama, que sea valorado en mercados que premian estas iniciativas (La Tercera).
04/12/2017


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El proyecto ancestral de San Pedro con sello indígena

Agradecer a la ñuke mapu o “madre tierra” es la principal lección que en los últimos años han aprendido los ejecutivos de Viña San Pedro. La empresa controlada por el grupo Luksic se trasladó hacia la Región de La Araucanía con la finalidad de realizar el que llaman será el mejor pinot noir del mundo, cepa conocida como la más fina de los tintos que crece en las regiones frías de Europa y oriunda de Borgoña, Francia.

Es que la apuesta de la firma que lidera Pablo Granifo, presidente de la compañía, es ambiciosa. No sólo quieren innovar produciendo el vino chileno más al sur del país, sino que también lo quieren desarrollar de la mano de los pueblos originarios.

Por eso se trasladaron hacia Malleco, Temuco, específicamente a la comunidad mapuche de Buchahueico, y gracias a Indap y a la Comisión Nacional de Riego (CNR) sellaron un acuerdo inédito. Se trata de un contrato entre la Viña San Pedro y, hasta ahora, cuatro familias mapuches, para comercializar uvas, las que serán utilizadas para la producción del primer vino mapuche que Viña San Pedro posicionará en el mercado internacional en botellas que se espera salgan en 2020 al mercado.

“La inspiración de este proyecto no es hacer un producto que tal estudio de mercado me está diciendo que se necesita vender, sino que la inspiración es hacer un proyecto que trabaje en el meollo del problema social más importante que hay en el país. Es agregar un granito de arena en el tema social menos sustentable de Chile, haciendo lo que sabemos hacer: vino”, explica el asesor agrícola de la viña, Pedro Izquierdo.

El espíritu del proyecto también fue aprobado por el presidente de la viña. En abril de 2015, el propio Granifo viajó a Temuco y, según cuenta Izquierdo, al ver los alrededores y la disposición de la gente, el representante del directorio de la empresa quedó “maravillado” con la iniciativa.

Creación de confianzas

Pese a las buenas intenciones, el acercamiento entre los ejecutivos de la viña y la comunidad fue lento, porque había mucha desconfianza. Fueron 12 meses de conversaciones y asambleas donde la compañía se presentó y explicó lo que buscaban de la comunidad. “Acá nos olimos todos: ellos nos olieron a nosotros y nosotros los olimos a ellos. Había que generar confianzas en ambos sentidos. Por un lado, con la comunidad San Pedro, y también con la comunidad Buchahueico”, explica Izquierdo.

La demora también se dio por el desconocimiento, porque los habitantes de Buchahueico no conocían a San Pedro y tampoco tenían información sobre el mundo del vino. “Al principio costó creer, porque era un trabajo del norte que nosotros no conocíamos”, recuerda Daniel Curín, uno de los primeros mapuches que aceptaron plantar vides en sus tierras.

“Hicimos varias reuniones entre la viña y la comunidad, porque no teníamos mucha confianza al principio. Ellos nos llevaron a Talca (a la Viña San Pedro) y estuvimos una semana allá y conocimos las parras y también vimos la vendimia, y nos gustó y vimos que era una buena oportunidad”, explica Agustín Huentecona, el primer mapuche que aceptó la apuesta de San Pedro.

En los terrenos de ambos comuneros hoy hay cinco hectáreas plantadas con vides, uvas que se sembraron en febrero de 2015 y que serán cosechadas en abril del próximo año, en la primera vendimia que vivirá la zona y donde el ritual principal estará a cargo del lonko Guillermo Curín, quien también participa de la iniciativa.

El respeto hacia la tierra ha primado en esta apuesta. La primera vez que descorcharon una botella de vino se hizo siguiendo lo que manda una antigua tradición, arrojando el primer chorro de vino a la tierra para agradecer por esa uva, cuenta Juan Cury, gerente Agrícola y de Abastecimiento de la viña, quien también destaca la dedicación que los agricultores le dan a cada parra. “Las cuidan como si fueran sus jardines”, dice el ejecutivo.

Por eso, estima que el producto que saldrá de esta histórica unión será la de un producto de alta gama. “Aún no sabemos el vino que vamos a tener, pero si se dan los buenos augurios que tiene este proyecto y la ñuke mapu nos bendice, cosa que sucederá, puede que tengamos un vino de excelencia”, anticipa.

Cuenta, además, que cuando se analizó el proyecto, se diseñó un escenario donde las cajas de este pinot noir (cada caja tiene nueve litros de vino) se vendería a US$ 80 FOB, es decir, cuatro veces el valor promedio nacional, dicen en la viña. “Son botellas que puestas en el retail en un mercado como Estados Unidos, por ejemplo, costaría entre US$ 18 a US$ 20”, detalla Cury.

Sin embargo, el valor puede subir, pues al tener un sello indígena, la viña espera comercializarlo en mercados que paguen este atributo. “Creemos que si queremos apuntar a un consumidor que es capaz de identificar la parte social, debido a que estamos trabajando con una comunidad mapuche, hay que pensar en nuestros mercados escandinavos, donde somos grandes, y el de Canadá. Eso sería muy interesante”, proyecta el ejecutivo.

En lo que también tienen que trabajar es en la marca del vino, trabajo que estima el equipo de marketing debería comenzar el próximo año y donde uno de los conceptos que debería primar es el de la “madre tierra”. “La génesis de este proyecto ha sido muy bonita, porque hay muchos vinos que se definen y diseñan en una oficina, pero acá ha habido un período de aprendizaje para llegar al producto final, entenderlo y de ahí darle una identidad, totalmente al revés”, explica Viviana Navarrete, enóloga a cargo del proyecto.

Modelo de negocio

Hoy son cuatro las familias que están trabajando la uva en un total de 10 hectáreas plantadas, cifra que podría aumentar, pues cada vez hay más agricultores de la zona que se están convenciendo de este nuevo negocio, cuentan los comuneros. “Ellos ya se están convenciendo”, destaca Agustín Huentecona.

El modelo de negocio contempla un contrato donde se pactó un piso de US$ 1 el kilo de uva, valor ajustable de acuerdo a las variaciones que muestre el mercado. Además, para acompañar al agricultor durante los meses de espera entre la plantación y la cosecha, la firma les entrega un préstamo sin interés que es usado como capital de inversión y también como una remuneración mensual.

“Al final lo que estamos haciendo es garantizar el período de inversión que es largo en agricultura, y cuando la viña empiece a producir, les empezamos a pagar, y con lo que ellos reciben por el pago de la fruta, nos empiezan a devolver los préstamos”, detalla Cury. De acuerdo al documento, la fecha comprometida para devolver el crédito es 2024, pero la comunidad estima que lo devolverán antes. “El contrato dice que hay que devolver el préstamo el 2024, pero creemos que le vamos a pagar antes a San Pedro, por lo menos dos años antes”, cuenta Juan Curín, supervisor de la comunidad.

Para llevar adelante el proyecto, la viña ha invertido hasta ahora cerca de $ 180 millones por las cuatro plantaciones. Además, han destinado $ 40 millones en asesorías, valor asumido por San Pedro y que no forma parte del préstamo.

Indap y la CNR también han aportado y juntos destinaron $ 108 millones para el desarrollo del proyecto.

“La idea es que el modelo de negocio sea replicado por San Pedro en otras comunidades o pueda ser replicado por otras industrias, como las del avellano y los berries, productos típicos de esta zona”, espera Juan Cury.

Hasta ahora, Indap les pidió una copia del contrato para analizarlo y ver la opción de copiar el modelo para impulsar nuevas alianzas entre los privados y las comunidades indígenas del sur del país.